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domingo, 24 de mayo de 2009

Fuegos



Yo había rodado con la intención de darlo, a ese terrible Amigo, una rival menos ingenua. Seducir a Dios, era quitarla a Juan su porte de eternidad, era obligarlo a caer sobre mi con todo el peso de su carne. Pecamos porque Dios no está: como nada perfecto se presenta a nosotros, nos resarcimos con las criaturas. Cuando Juan comprendiese que Dios era solo un hombre, ya no habría ninguna razón para que no prefiriese mis senos. Me atavié como para ir a un baile; me perfumé como para meterme en la cama. Mi entrada en la sala del banquete hizo que se separasen las mandíbulas; los Apóstoles se levantaron con gran tumulto, por miedo a verse infectados con el roce de mis faldas: a los ojos de aquellas gentes yo era tan impura como si estuviera continuamente sangrando. Tan sólo Dios permanecía sentado en la banqueta de cuero: instintivamente reconocí a aquellos pies desgastados de tanto andar por todos los caminos de nuestro infierno, aquellos cabellos llenos de piojos de astros, aquellos grandes ojos puros como únicos pedazos de su cielo que le quedaban…Era feo como el dolor; estaba sucio como el pecado. Caí de rodillas, tragándome mi salivazo, incapaz de añadir el sarcasmo al horrible peso del desamparo de dios.

Me dí cuenta en seguida de que no podía seducirlo, pues no huía de mí.



Sigo releyendo a mi amada Yourcenar. Esta vez en María Magdalena, o la Salvación. Me encanta este breve relato que forma parte del libro Fuegos. Como tengo pensado volver a escribir muy pronto, y también estudiar guión con mi amiga y alumna de yoga Lucía Martinez (http://deparametros.blogspot.com/), estoy ejercitándome en la lectura de diamantes.




viernes, 22 de mayo de 2009

Memorias de Adriano



En cuanto a la observación de mí mismo, me obligo a ella aunque sólo sea para llegar a un acuerdo con ese individuo con quien me veré forzado a vivir hasta el fin, pero una familiaridad de casi sesenta años, guarda todavía muchas posibilidades de error. En lo más profundo, mi autoconocimiento es oscuro, interior, informulado, secreto como una complicidad. En lo más impersonal, es tan glacial como las teorías que puedo elaborar sobre los números: empleo mi inteligencia para ver de lejos y desde lo alto mi propia vida, que se convierte así, en la vida de otro, pero estos dos medios de conocimiento, son difíciles, el uno exige un descenso, y el otro una salida de uno mismo.

Llevado por la inercia, tiendo como todos a reemplazarlos por una mera rutina, una idea de vida, parcialmente modificada por la imagen que de ella se hace el público, por juicios en bloque, es decir falsos, como un patrón ya preparado al cual un sastre inepto adapta penosamente nuestra tela propia. Equipo de valor desigual; instrumentos más o menos embotados. Pero no tengo otros y con ellos me fabrico lo mejor que puedo una idea de mi destino de hombre.

(…)

Mi vida tiene contornos menos definidos. Como suele suceder, lo que no fui es quizá lo que más ajustadamente la define: buen soldado, pero en modo alguno hombre de guerra; aficionado al arte, pero no ese artista que Nerón creyó ser al morir; capaz de cometer crímenes, pero no abrumado por ellos. Pienso a veces que los grandes hombres se caracterizan precisamente por su posición extrema; su heroísmo está en mantener en ella toda la vida. Son nuestros polos o nuestras antípodas. Yo ocupé sucesivamente todas las posiciones extremas, pero no me mantuve en ellas; la vida me hizo resbalar siempre. Y sin embargo, no puedo jactarme, como un agricultor o un mozo de cordel virtuosos, de una existencia situada en el justo medio.


Marguerite Yourcenar.


Siempre la inteligencia y la delicadeza me seducen tanto. Y son algo insoportablemente placentero si se acompañan de sus opuestos: lo bruto, lo animal, lo desfachatado.